Cave Canem
Encontrándome en un lugar de las montañas de León, de cuyo nombre no consigo acordarme, desperteme al alba sin temor ni sobresalto y enseguida vi sobre mi mesa de trabajo un manuscrito titulado CAVE CANEM que contenía el siguiente texto que me pareció premonitorio y admirable:
Guárdate de lo desconocido, guárdate de la luz que ya no viene de la infancia. No confíes, poeta, en los iluminados agoreros que repiten: amor, amor, pero revientan al primer disparo; que enseguida se apresuran a decirte: no fui yo tu delator, y a disculparse por haberte amado tanto. Cuídate de los perros que no ladran, de los rayos del sol que más calienta, de los hijos de los que portaban los estandartes, de las sombras que dejó la luz primera, de las desvencijadas patrias, de las mustias oropéndolas, libérate de todo aquello que, al llegar la aurora, se apodera de ti como las ramas de una higuera.
Guárdate, amor, de los encuentros desdichados, de los cúmulos de besos, de las tristes canciones, y de los tórridos lamentos. No confíes, poeta, ni siquiera en tus recuerdos; guárdate del rencor, pero no olvides nunca a quien fue tu carcelero. Cuídate de decir que eres de aquellos que pudiendo ganar no lo intentaron; que pudiendo traicionar no consintieron; que pudiendo regresar nunca volvieron. Tu tiempo ha sido el tiempo, el mismo tiempo, en el que muchos se pusieron a correr y te sacaron varias yardas, se pusieron a correr en pos de un triunfo que, al parecer, necesitaban, y de un tiempo que querían apresar y degollarlo para ellos.
Guárdate de pensar que todo ha sido un sueño, sin embargo. Todo ha sido real, ha sucedido, se ha incrustado en tu retina, se ha licuado en tu profundo pensamiento, se ha podrido dentro de ti y ha germinado y florecido y tú eres eso. Todo ha sido lo mismo que tú eres. Todo envejeció sin ti. Pero tan solo tú te fuiste sólo y al garete. Cuídate de volver un día por tus pasos. Cuídate de encontrarte con la muerte.
Cuídate del calor y los rigores del rocío, cuídate de la nostalgia. Ocurrió así; tu vida fue un engaño. Si estuviste perdido tanto tiempo no fue culpa de nadie. Si creíste que todo era posible y que los cambios iban a llegar, te equivocaste. Y es que solo eres hombre, solo humilde ciudadano en una aldea global en la que otros parten y reparten el pan con un criterio estrictamente mercantil que no compartes. Todo es oro, poeta, todo es trueque. Pero tú no tienes nada que ofrecer en el mercado.
Nunca escribas las palabras que no sientas, nunca bebas con desconocidos, a nadie que no te crea no le digas ni tu nombre; no te sinceres, no seas aprendiz, no seas cómplice. No cometas perjurio cuando hables con las estrellas; no caigas en la necedad de sentirte cerca de los dioses; no te crees necesidades; no ansíes sueños que tus propias noches no puedan proporcionarte; no te sientas peor ni mejor que ningún otro; no te inclines ante nadie a quien no hayas visto inclinarse ante algún otro.
No obedezcas a quien no obedece, no disculpes a quien no disculpa, no bebas con los abstemios, no cometas ningún crimen ni pretendas ninguna cátedra, no te asustes si no fuera de la muerte misma, no recules ante ninguna espada, no te dejes deslumbrar por ninguna estrella deslumbrante ni te pongas a cantar a la belleza de los atardeceres, a no ser que te encuentres sólo, sólo y desesperado.
Guárdate de la paz de los sepulcros, de la guerra de los mundos, del recuento de los últimos minutos de la tierra. Cuídate de las verdades que no entiendes. No confíes en la luz de los faroles, en las fases de la luna, ni en la ciencia ni en sus métodos. No entres a matar si no estás loco.
No entres en amor que sea ajeno; con el tuyo habrás tenido suficiente. Y, al llegar al final, no desconfíes de la luz de la memoria, que esa es, la que proviene de la infancia, la que sale a recibir a los que lloran cuando arrecia la derrota.
Porque solo hay dos clases de hombres: las culpables y los inocentes. Los segundos son aquellos que cargan con todo el peso, que levantan la inclemencia, que soportan los desprecios, que penan culpas que nunca cometieron y arrastran las cadenas que ellos mismos construyeron y que estaban destinadas a guardar castillos, puertos y caminos que ellos nunca conocieron y que los otros colocaron alrededor de los tobillos de los presos. Son aquellos que custodian los secretos de la tribu, que amamantan la piedad, que se sonríen cuando vuelve a llegar la primavera. Son los mismos en todos los países, en todas las naciones, en todos los hemisferios. Son los santos inocentes, son los perros.
Líbrate de vivir si es que has nacido bueno, en el buen sentido de la palabra. Líbrate de los culpables si naciste perro. Busca siempre la flor del viento; nunca la de la envidia o la del desastre. Este valle, tan prolífico en las flores frías de la nieve, es por el contrario áspero en los mimos y detalles. Huye de él si puedes y establécete tan lejos como consigas seguir viendo, desde allí donde tú estés, las crestas de estos abedules blancos.
No me lleves contigo; lleva este papel y sigue su dictado. Yo ya no estoy aquí. Mi tiempo se acabó y ahora es vuestro tiempo; procurad aprovecharlo.
José Antonio Llamas
